Nos guste o no, ellas están ahí: mientras dormimos, cuando descansamos recostados en el sofá, cuando hojeamos nuestros libros… Fieles compañeras de nuestras vidas que habitan en nuestros hogares sin afectarnos, siempre presentes e inevitables. Ellas son las lepismas (también llamadas pececillos de plata por su forma y brillo argentino) unos insectos habituales en nuestras casas. Enemigas de la luz y orgullosas propietarias de tres graciosas colas que las caracterizan, éstas criaturas se alimentan de cualquier cosa que a nosotros nos pueda parecer incomestible: moho, papel, cola de encuadernación, etc. Sin embargo, nuestro cuerpo también les da sustento y de él se nutren gustosas: restos de piel, cabello o uñas, que nuestros civilizados y asépticos cuerpos desprenden constantemente, son para ellas “haute cuisine”. Personalmente, me encanta pensar que así es y que el cuerpo que me sostiene pasa a formar parte a diario, incluso en vida, del maravilloso ciclo de la cadena trófica. Cada día muchas criaturas en mi hogar aprovechan aquello que mi humanidad desecha. Y lo hacen de forma amable, sutil, elegante… No sé cuál será el futuro de la carcasa que me alberga pero de momento, me alegra pensar que alimenta la vida cada día. Sin embargo mis amigas tienen un pequeño defecto: son grandes “lectoras” y como tales y en sentido literal, tremendas devoradoras de libros. Pero en fin, ¡nadie es perfecto! Lepismas, nuestras invitadas sin invitación. ¿No resultan encantadoras?
Texto © Albert Lleal

Macrofotografía de una lepisma (Lepisma saccharina) sobre un viejo libro